El Sol ocupa un lugar privilegiado en la tradición esotérica del Tarot como uno de los símbolos más luminosos, integradores y celebratorios del camino iniciático. Representa la culminación de la clarificación psíquica y la irrupción plena de la consciencia iluminada, después de la larga travesía por las sombras de La Luna. Su presencia anuncia la victoria sobre la ilusión, el reconocimiento interno de la verdad y la armonía entre la voluntad personal y la voluntad superior. A diferencia de otros arcanos cuya iconografía ha variado significativamente entre mazos, El Sol ha conservado su esencia: una gran esfera radiante que ilumina a dos figuras infantiles o gemelares, símbolo de la unión de los opuestos, del renacimiento y de la pureza reencontrada.
En cuanto a sus títulos tradicionales, en los tarot italiano y marselles se le conoce simplemente como Le Soleil, “El Sol”, mientras que en otras versiones como el Tarot de la Golden Dawn o el de Waite–Smith se le asocian nombres internos como “El Señor del Fuego del Mundo” o “La Inteligencia Colectora”, traducción de su jerarquía dentro de la Cábala. En el Tarot de Crowley (Thoth), el arcano aparece como The Sun pero enfatiza la idea de “la manifestación de la energía solar en su forma vitalizante”, incorporando elementos alquímicos que lo vinculan a la fase de coniunctio, la unión alquímica final donde las dualidades se integran en un estado de conciencia superior.
Su significado central en las escuelas iniciáticas es el de la realización, entendida como la plena recuperación de la identidad esencial. El Sol representa la individualidad iluminada —el Yo auténtico, libre de condicionamientos, miedos y proyecciones— y, al mismo tiempo, la consciencia universal que subyace en todo ser. Por ello, es símbolo de alegría, vitalidad, claridad, inteligencia iluminada y regeneración espiritual. En el recorrido del Tarot, este arcano sigue inmediatamente al oscuro sendero lunar, indicando que la luz que irrumpe ahora no proviene del exterior, sino de la propia esencia interior que finalmente ha sido descubierta.
Es también el arcano de la transparencia: todo aquello que estaba oculto se revela, tanto en el plano psíquico como en el espiritual. En la tradición hermética se le asocia con la purificación interna, con la coronación del adepto y con el retorno consciente a la Fuente. Desde la perspectiva alquímica, el Sol simboliza el Oro Filosofal, la sustancia incorruptible que el alquimista busca después de haber disuelto, separado y purificado los elementos inferiores. En este sentido, el Arcano XIX es la imagen del espíritu humano cuando ha transmutado el plomo de la ignorancia en oro de sabiduría.
Las dos figuras infantiles que aparecen en muchos mazos representan al homo duplex: la personalidad y la esencia, el consciente y el inconsciente, lo humano y lo divino, ahora reconciliados bajo la luz solar. También pueden interpretarse como los dos principios gemelares —masculino y femenino, acción y receptividad— que, tras la reorganización lunar, alcanzan la armonía en un plano de inocencia renovada. Este motivo remite a mitos solares de diversas culturas donde los gemelos sagrados simbolizan la perfección lograda mediante la integración interior.
En la Cábala, El Sol corresponde a la Senda de Resh, que une la esfera de Hod (el intelecto analítico) con la de Yesod (el inconsciente imaginativo). Esta senda indica que la verdadera iluminación surge cuando la inteligencia racional y el poder formativo de la imaginación trabajan al unísono, restableciendo la armonía entre la mente consciente y la subconsciente. Las órdenes herméticas enfatizan que este arcano revela la capacidad de irradiar la propia luz hacia el mundo, no desde una dimensión egoíca, sino desde la propia esencia.
En el camino del autoconocimiento, El Sol marca un punto donde la claridad se expande tanto hacia dentro como hacia fuera: ecuanimidad emocional, transparencia ética, alegría sin motivo y comprensión intuitiva de la estructura profunda de la vida. De ahí que se le vincule con la salud, el éxito, la confianza, la creatividad y la regeneración.
Este arcano, por tanto, no solo ilumina el sendero del adepto: lo celebra, pues señala que la luz interior ya no necesita luchar contra las sombras, sino que las ha trascendido. Es el amanecer después de la noche oscura, la revelación que disipa el miedo, la certeza que sustituye a la duda y el testimonio de que la plenitud no se encuentra fuera, sino en la propia naturaleza reconciliada con su origen divino.
Según los alquimistas el Sol es la Materia Prima de la Gran Obra. En las obras alquímicas se utiliza como simbología el oro y está estrechamente relacionado con la Piedra Filosofal. Siendo que en el ámbito de la misma doctrina, la medicina de los metales es llamada ehben, palabra hebrea que significa piedra o roca, las dos primeras letras se escriben Ab que significa «padre», mientras que las dos últimas se escriben Ben, que significa «hijo». En consecuencia Ahben significa la unión del Padre (Voluntad Única) y el Hijo (la humanidad). Ahora, tomando en cuenta las letras separadas, tendríamos los siguiente caracteres: Aleph, símbolo de la supraconsciencia representada por El Loco; Bet, que representa la autoconsciencia y Mercurio, simbolizados por El Mago; y por último, Nun, relacionada a Escorpio y La Muerte. Lo anterior sugiere que el influjo de la Voluntad Única penetra el ámbito de la autoconsciencia para modificar la operación de las Fuerzas de Escorpio. Estas Fuerzas subliminadas despiertan ciertos centros cerebrales que conduce a un orden superior de conocimientos y es por medio de ellos que se logra la verdadera realización de la unión entre el Creador y su creación. Se le llama Medicina porque cura todas las enfermedades tanto síquicas, como físicas. Luego de llevado a cabo el proceso del Sol, se logra el dominio de las fuerzas físicas mediante la voluntad de la persona, que deviene en vehículo para la expresión de la Voluntad Única.
En la manifestación física este «Oro Vivo» es la energía radiante del sol, nuestra estrella del día, la cual otorga forma y vida a toda la creación material. En el cuerpo humano el punto de entrada de esa energía es un grupo de células nerviosas que forman el plexo solar, conocido como el chakra del corazón.
La atribución astrológica del Arcano XIX, El Sol, corresponde naturalmente al Sol como cuerpo celeste y, por extensión, al signo que este rige: Leo. Esta asociación constituye una de las correspondencias más claras, coherentes y antiguas dentro del simbolismo esotérico. En el Tarot, El Sol expresa la esencia del principio solar: autoconsciencia, vitalidad, identidad, creatividad, irradiación y sentido de propósito. En astrología, el Sol representa exactamente lo mismo: el centro de la psique, la chispa de vida, la voluntad de ser y la fuerza que organiza la personalidad alrededor de un núcleo coherente. La conexión entre ambos sistemas revela que este arcano no simboliza un simple bienestar emocional, sino la plena expresión del Ser auténtico.
En la tradición hermético–cabalística, el Sol encarna la síntesis de lo humano y lo divino dentro de la conciencia individual. Del mismo modo, en astrología, el Sol señala la dirección evolutiva que impulsa al individuo a convertirse en la versión más luminosa y entera de sí mismo. Leo, su signo regente, es el territorio zodiacal donde esta energía se expresa con mayor pureza: creatividad espontánea, autoafirmación noble, capacidad de liderazgo, generosidad y la necesidad de irradiar una luz propia que inspire a otros.
La Tradición considera que tanto Leo como El Sol representan el dominio del centro, el punto desde el cual se organiza la vida interior. El Sol en astrología no es solo un planeta simbólico: es el centro del sistema, la fuente de energía que sostiene y da coherencia a todos los demás cuerpos celestes. Algo análogo ocurre con el Arcano XIX, que señala el momento en que la personalidad adquiere cohesión, propósito y dirección después de haber atravesado los laberintos subconscientes de la Luna. Esta coherencia interna se manifiesta como fuerza vital, claridad, alegría profunda y una percepción unificada del propio destino.
La relación entre ambos sistemas también se refleja en el simbolismo alquímico. El Sol es el Oro Filosofal, la esencia pura y radiante que surge tras la transmutación de los elementos inferiores. Leo, por su parte, es el signo de la nobleza espiritual, asociado al corazón, al fuego serpentino y a la identidad luminosa que emerge al superar el ego fragmentado. De este modo, el Arcano XIX expresa el estado de conciencia donde la energía solar – voluntad, claridad, propósito – se manifiesta sin distorsiones: el adepto se reconoce como un canal transparente de la Inteligencia Universal, y su irradiación es natural, espontánea y creadora.
Se dice que el Sol es “la Verdad que revela todas las cosas”, una definición que coincide plenamente con el arcano. El Sol disipa ilusiones, ilumina las motivaciones ocultas y hace evidente aquello que antes estaba velado por los miedos o la confusión. Lo que en astrología se traduce como identidad consciente y autoexpresión auténtica, en el Tarot se muestra como el amanecer interno que sucede a la noche oscura. No es casual que, en el recorrido del Tarot, este arcano siga a La Luna: la claridad solar solo llega después de enfrentar las propias sombras y reorganizar la psique en niveles más profundos.
Finalmente, la conexión con Leo añade un matiz esencial: el corazón. Leo gobierna el corazón físico y simbólico, y el Sol, en astrología, representa la vitalidad que sostiene la vida. El arcano, de igual forma, simboliza el despertar del corazón espiritual, la alegría que no depende de circunstancias externas y la capacidad de irradiar amor, calidez y creatividad hacia el entorno. Por ello, muchas tradiciones consideran al Sol como el arcano de la inocencia recuperada, el júbilo del espíritu y la certeza interior de que la vida posee un orden, un sentido y una dirección luminosa.
Como ya vimos, El Sol, encarna uno de los símbolos más luminosos, victoriosos y regeneradores de toda la tradición esotérica. Su número, el 19, no es arbitrario: todas las corrientes numerológicas, cabalísticas, rosacruces y herméticas coinciden en que se trata de una cifra profundamente solar, portadora de la vibración de la iluminación, la claridad y el renacimiento. Para comprender esta correspondencia en toda su magnitud es necesario analizar la estructura interna del número, su descomposición, su reducción teosófica y su relación con los procesos espirituales que representa el arcano.
El 19 está formado por los dígitos 1 y 9, cuyas energías se fusionan de manera especialmente significativa. El 1 corresponde al inicio, al Yo, a la chispa creadora, al principio solar en estado puro. En la tradición pitagórica es la mónada, el punto divino del que surge toda manifestación; en el hermetismo se vincula con el centro radiante de la conciencia y, en astrología esotérica, con el propio Sol. El 9, en contraste, representa la culminación de un ciclo, la madurez espiritual y la integración de la experiencia. Es el número del iniciado, el punto final de un proceso que ha transitado desde el 1 hasta el 9, cerrando así una rueda completa. Cuando ambos se unen en el 19, el simbolismo resultante es inequívoco: el 19 expresa un nuevo inicio (1) después de haber completado un ciclo de perfeccionamiento (9). Esto es exactamente lo que representa el arcano El Sol: la claridad que sigue a la noche, la conciencia que renace después de haber atravesado las sombras.
La reducción teosófica refuerza esta idea. El número 19 se reduce a 10, cifra asociada a La Rueda de la Fortuna, a la totalidad de un ciclo y a la dinámica de expansión-evolución. Y el 10, a su vez, se reduce nuevamente al 1, convocando otra vez la energía solar original. De este modo, el 19 contiene simultáneamente la culminación de un proceso (10) y la reafirmación de un principio creador (1). La esencia del arcano XIX se encuentra precisamente en esa doble vibración: un ciclo concluido con éxito que da paso a una nueva etapa más elevada.
En la tradición de la Golden Dawn y B.O.T.A., el número 19 es interpretado como el “sendero de la realización solar”. La cifra expresa la unión armoniosa entre el Yo inferior (1) y el Yo superior (9), unión que define el estado del Adepto en Tiphereth, la esfera solar del Árbol de la Vida. El Sol del Tarot es la manifestación simbólica de esta integración interna: un Yo liberado de la sombra lunar, una conciencia transparente, radiante, vigorosa.
Para la tradición rosacruz, especialmente según Papus, el 19 representa la “Regeneración por la Luz”. El 1 es el Espíritu, el 9 es la Materia en su última etapa de transformación, y el 19 simboliza la victoria del Espíritu sobre la Materia. Se trata de una sublimación alquímica: la materia se vuelve transparente y permeable a la luz espiritual, del mismo modo que El Sol revela la pureza esencial del alma tras las pruebas de la Luna. En esta lectura, el 19 es la consumación de la Gran Obra en su fase solar: la plena irradiación del ser.
En la cábala, el 19 se vincula con uno de los valores simbólicos del término hebreo Shemesh Zakhar, la “Luz Solar Masculina”, figura que representa la fuerza activa, directa y generadora del Sol. Es una luz sin velos, sin fases y sin intermediaciones. De allí que el Arcano XIX muestre un Sol pleno, sin ocultamientos ni filtros, pues su número expresa la esencia misma de la iluminación directa.
La alquimia también reconoce en el 19 una vibración solar. El oro—metal solar por excelencia—tiene 19 electrones en su capa más externa, y el número se ha asociado tradicionalmente con el estado final de la Obra al Amarillo, la fase previa a la obtención del oro filosófico. Por eso el Arcano El Sol suele representar al “niño de oro”, símbolo del espíritu regenerado.
Desde el punto de vista astrológico y astronómico, el 19 posee un simbolismo solar aún más profundo. El ciclo metónico, en el que el Sol retorna al mismo grado zodiacal en relación con la Luna cada 19 años, fue usado desde Babilonia hasta la Edad Media y considerado un ciclo perfecto de renacimiento solar. En consecuencia, el Arcano XIX expresa esa misma idea de renovación rítmica y periódica de la conciencia.
En términos psicológicos, y particularmente desde el enfoque junguiano, el 19 puede interpretarse como la integración final del Self. El 1 simboliza el Yo consciente, mientras que el 9 representa la totalidad del inconsciente antes de su integración. Su fusión en el 19 revela un estado de completamiento, un Yo que ha iluminado sus zonas oscuras y vive ahora en plena armonía con su naturaleza profunda. Este proceso es descrito simbólicamente por El Sol como el niño interior reconciliado, desnudo, libre y radiante.
El sendero correspondiente al Sol en el Tarot es el 30, llamado el de «La Consciencia Inclusiva», une Hod (La Gloria) con Yesod (El Fundamento), lo que establece la relación entre la mente racional y consciente, con el inconsciente y el psiquismo lunar. Es el fundamento de la unión entre la mente y el cuerpo físico, así como la comprensión de la gran fuerza que contempla la sexualidad.
Resh, cuyo pictograma es una cabeza, remite inmediatamente a la idea de encabezar, guiar o liderar, conceptos profundamente vinculados a la energía solar como principio rector, fuente de vida y centro organizador del sistema. Esta letra se entiende como la afirmación del poder consciente, la capacidad de dirigir con claridad y propósito, iluminando tanto el sendero exterior como el interior. Así, lo que la cabeza es al cuerpo —su centro de coordinación, percepción y dirección—, el Sol lo es al alma: un foco radiante que ordena, vivifica y orienta.
Pero el significado de Resh va más allá de la simple conducción; está directamente asociado al proceso de renovación, un tema esencial del Arcano XIX. En la tradición cabalística y alquímica se enseña que la renovación verdadera surge de la destrucción de las estructuras egoicas que limitan la expansión de la consciencia. Resh, en este sentido, representa el acto solar de “quemar” las sombras internas, disolver los residuos del yo ilusorio y permitir que la identidad profunda emerja con más fuerza y pureza. Así como el Sol disipa la oscuridad del amanecer, esta letra simboliza la irrupción de la claridad interior que desmonta patrones mentales rígidos y formas viejas de autodefinición. La cabeza, por lo tanto, no es aquí solo un órgano físico, sino el trono de la autoconciencia, el lugar donde las formas antiguas mueren para que nuevas comprensiones puedan nacer.
En un nivel más biológico y hermético, la Tradición resalta otro aspecto central: la regeneración celular. El Sol en el Tarot no es únicamente símbolo de felicidad o vitalidad; representa la fuerza creadora que impulsa la vida a renovarse continuamente. Resh, como letra asociada, codifica ese mismo principio: la energía solar favorece la restauración, la reparación y el renacimiento en todos los planos, desde las células hasta la identidad espiritual. La regeneración celular es el correlato físico del proceso psicológico de renovación; ambos expresan la acción del fuego solar que desintegra lo viejo para dar paso a lo nuevo.
De este modo, la unión entre El Sol y Resh configura una enseñanza profunda: el verdadero liderazgo —el que Resh simboliza— no proviene del ego, sino de la superación del ego, del desmantelamiento de sus estructuras y del florecimiento de una identidad luminosa, renovada y esencial. El Sol del arcano 19 refleja la alegría, la claridad y la vitalidad que acompañan este proceso de reencuentro con la naturaleza espiritual del ser.
En el Arcano 19, El Sol, según el Tarot de Thoth, se despliega una simbología profundamente vinculada al Nuevo Aeón y al proceso de liberación espiritual del ser humano. En el centro de la imagen aparece el Sol enlazado por una rosa, motivo que alude directamente a Heru-ra-ha, el Señor del Nuevo Aeón en la tradición thelémica. Esta figura simboliza el despertar de la consciencia humana a una etapa superior, libre de las limitaciones impuestas por la ignorancia, el miedo o las estructuras caducas del pasado. La rosa, con dos filas de doce pétalos, es un emblema dual: por un lado, expresa la influencia del poder solar en el plano interno, iluminando los mundos psíquicos, y por otro, manifiesta su acción sobre el plano externo, donde la energía vital organiza y sostiene la experiencia material. El número doce, repetido, subraya la totalidad cíclica y armónica del cosmos, además de remitir a las doce fases de manifestación representadas en el Zodíaco. Como símbolo de inmortalidad y espiritualidad, la rosa revela que la verdadera esencia del ser no muere, sino que se transforma continuamente bajo la luz del Sol interior.
Debajo del astro central se encuentran dos niños con alas de mariposa, que danzan en un movimiento circular. En el Tarot de Thoth, esta dupla representa la unión dinámica de la consciencia y el subconsciente, los dos polos fundamentales de la psique humana. Su danza indica armonía, integración y fluidez: la luz de la consciencia se relaciona libremente con las profundidades interiores sin conflicto ni resistencia. Las alas de mariposa refuerzan esta idea, pues simbolizan la transformación, la metamorfosis del alma que se eleva del estado larvario —el ego limitado— hacia su verdadera forma luminosa. Es la imagen viva de la evolución psíquica y espiritual en marcha.
En la parte posterior de la escena se eleva una montaña, símbolo universal de la ascensión espiritual, de la conquista de niveles más altos de comprensión y poder interno. Su tonalidad verdosa introduce un matiz adicional: la fertilidad. Esto indica que el proceso de iluminación no es árido ni abstracto, sino fértil, generador de vida, crecimiento y expansión. En la cima de la montaña aparece un muro, cuyo propósito es señalar que la autorealización es un proceso interior: el verdadero santuario está dentro de la consciencia, y la frontera que marca ese muro recuerda que la ascensión auténtica no se conquista en el mundo exterior, sino en lo íntimo del ser.
Finalmente, todo el conjunto está enmarcado por los glifos de los doce signos del zodíaco, recordando que el Sol es el centro de la rueda zodiacal, la fuente de energía que vitaliza y coordina las doce fuerzas cósmicas que operan en la naturaleza y en el ser humano. Esta inclusión subraya la función solar como principio organizador, irradiando luz, orden y vitalidad a todas las manifestaciones del universo.
El Sol en el Tarot de Thoth sintetiza la visión de Crowley: la carta no solo representa alegría, claridad o vitalidad, sino el renacimiento espiritual de la humanidad, la integración plena de la psique, la expansión de la consciencia y el ascenso interior guiado por la luz perpetua del Sol espiritual.
El Sol, según la iconografía del Tarot Rider–Waite, se despliega una visión luminosa del despertar interior, donde cada elemento de la escena expresa la armonía final alcanzada entre las distintas dimensiones del ser. En primer plano aparece un niño desnudo, símbolo de la consciencia pura, despojada de máscaras, condicionamientos o artificios. Su desnudez expresa transparencia, verdad y naturalidad: el estado de la mente que, tras atravesar la noche lunar del inconsciente, vuelve a la vida con la inocencia recuperada. Este niño cabalga un corcel blanco, cuya ausencia de silla o riendas indica que no existe tensión entre la voluntad consciente y las fuerzas profundas del subconsciente. El caballo representa lo instintivo, lo biológico, lo emocional básico, pero aquí aparece completamente alineado con la claridad del niño, revelando una relación perfecta, fluida y sin conflicto: la psique integrada.
El niño sostiene en su mano izquierda una gran bandera anaranjada, color asociado en la tradición india al Prana, el aliento vital que sostiene la existencia. La bandera ondeante expresa la expansión de esa energía, la circulación libre de la vida en el organismo, así como la victoria de la consciencia sobre la oscuridad interior. El color anaranjado refuerza la vitalidad, la creatividad y la fuerza espiritual que brotan cuando la personalidad se armoniza con su esencia.
A la derecha del niño, detrás de un muro extendido, se alzan cuatro girasoles, que giran naturalmente hacia la luz solar. Estos representan las cuatro etapas de la evolución de la forma: el reino mineral, vegetal, animal y humano. Con este símbolo, la carta sugiere que todas las manifestaciones de la vida, en sus distintos niveles, responden al mismo impulso solar, a la misma inteligencia creadora que anima el cosmos. Que los girasoles se encuentren detrás de un muro subraya otro aspecto fundamental: dicho muro está construido por cinco hileras de ladrillos, indicando que nuestra percepción de la realidad está condicionada por los cinco sentidos. La escena floral se desarrolla más allá de ese límite, insinuando que una parte esencial de la vida se despliega fuera del campo sensorial ordinario y solo es accesible mediante la expansión de la consciencia.
Coronando la carta se encuentra un Sol antropomorfo, radiante, cuyos rasgos humanos revelan que la luz que organiza el universo no es meramente física, sino inteligente. Este Sol simboliza la Inteligencia Creadora, la Deidad que aparece en numerosas tradiciones sagradas como la fuente de toda vida y de todo orden. Su rostro humanizado indica que esta fuerza cósmica es reconocible dentro del propio ser humano: la luz interior es de la misma naturaleza que la luz del cosmos.
De este modo, en la carta del Sol en el Tarot Rider–Waite, cada símbolo converge en un mismo mensaje: la integración del consciente y el subconsciente, la vitalidad que surge del equilibrio interior, el reconocimiento de la inteligencia divina en toda forma natural y la celebración luminosa de la vida. Es la revelación de la unidad esencial entre el microcosmos humano y el macrocosmos solar.
El Sol del Tarot de Marsella despliega una síntesis simbólica muy profunda e interesante. Su figura central —un orbe luminoso con rostro humano— revela que el Sol no es solamente un astro, sino una Inteligencia viva y consciente que irradia orden y significado al cosmos. De él emergen ocho rayos rectos, símbolo del Principio Masculino, y ocho rayos ondulados, representación del Principio Femenino. Ambas series están divididas por una línea en su interior, produciendo un total de 16 rayos bipartidos, es decir, 32 emanaciones. Este número corresponde a los treinta y dos Senderos de la Cábala, a través de los cuales se estructura la creación y mediante los cuales la consciencia asciende hacia la comprensión del Uno.
Del disco solar caen trece Yods, la más pequeña y sutil de las letras hebreas. En la tradición cabalística, el Yod representa la chispa del pensamiento divino, la semilla de toda manifestación. Su presencia indica que toda actividad mental deriva de la Voluntad Única que sostiene el universo. El número trece, a su vez, enlaza dos palabras hebreas de profundo valor esotérico: Ejad (Unidad) y Ahabá (Amor). Así, la carta sugiere que la fuerza que enlaza y mantiene unida toda la creación se origina en el Sol como emanación de unidad y amor; un poder atractivo que opera tanto en los planos espirituales como en la experiencia humana más íntima.
En la parte inferior aparece un muro construido de cinco hileras de piedra. Este muro representa la sustancia física y, al mismo tiempo, los límites perceptivos que conforman la realidad tal como la experimenta el ser humano. Las cinco hileras aluden a los cinco sentidos, recordando que lo que llamamos “mundo” está edificado a partir de los materiales que la mente recolecta mediante la percepción sensorial. El muro es la frontera entre lo visible y lo invisible, entre la luz pura del espíritu y la forma condicionada por la percepción humana.
Frente a él se encuentran dos niños, símbolos del desarrollo de la consciencia regenerada. No son simplemente figuras infantiles, sino arquetipos de la autoconsciencia —el niño— y del subconsciente —la niña—, en proceso de reconciliación y unificación. Su encuentro expresa el logro de la Gran Obra: la integración armónica entre las fuerzas conscientes e inconscientes del ser humano, que permite la manifestación luminosa del Yo profundo. De este modo, la carta sugiere que la iluminación no proviene de rechazar la sombra, sino de abrazarla, purificarla y fusionarla con la claridad de la razón iluminada por el espíritu.
Atribución astrológica de El Sol:
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